Angaco
16 de agosto de 1841
(provincia de San Juan)

Orden de batalla Unitario

División de Vanguardia
Comandante en Jefe: General Mariano Acha
Jefe de Estado Mayor: Comandante Igarzábal
Ayudantes: Oficial Atanasio Marques, Oficial Server Pizarro.


Mariano Acha
(1799-1841)

Infantería
Batallón Libertad: Coronel Lorenzo Alvarez (250 hombres)

Caballería
Legión Brizuela: Coronel Crisóstomo Alvarez (200 hombres)
Escuadrón Paz: Coronel Francisco Alvarez (140 hombres)

Artillería: Comandante Quirno, Comandante Archondo
2 piezas. (39 hombres)

Total: 629 hombres

Orden de batalla Federal

Ejército Combinado de Cuyo


José Félix Aldao    (1805-1858)


Comandante en Jefe: General José Félix Aldao

Infantería
Batallón Cazadores federales (sanjuaninos): Coronel José Manuel Espinosa(¹) (350 hombres)
Batallón Auxiliares de Mendoza: Mayor N. Barrera (350 hombres)

Caballería
Regimiento Nº 2 “Auxiliares de Los Andes”: Coronel Juan Antonio Benavídez (477 hombres) Regimiento de Milicias de San Juan: Coronel José M. Oyuela (300 hombres)
Regimiento Auxiliares de Mendoza: Comandante N. Vera (350 hombres)

Artillería: Comandante Quirno, Comandante Archondo
4 cañones. (120 hombres)

Total: 1.947 hombres

(¹) Muerto al principio de la batalla de Angaco y reemplazado por el Coronel Francisco Domingo Díaz

Primeros movimientos

La división de vanguardia del ejército de Lamadrid, al mando del general Mariano Acha ocupaba la ciudad de San Juan el 13 de agosto de 1841. El ejército de Aldao y Benavides se acercaba, a marchas forzadas sobre la ciudad. En las cercanías de la capital sanjuanina acampaba la división federal del general Nazario Benavides. La “Legión Brizuela”, al mando del coronel Crisóstomo Alvarez, había salido en persecución del coronel José María de la Oyuela – el gobernador federal depuesto – que huía en ese rumbo. Oyuela encontró a las fuerzas de Benavides en el campo de Daniel Marco, desmontadas y carneando, cansadas y hambrientas: fue imposible hacerlas abandonar los fogones improvisados y disponerlas para el combate, ante la fuerza unitaria que se acercaba. Alvarez al encontrar las fuerzas enemigas, organizó las suyas inmediatamente y ordenó el ataque, que arrollo y deshizo a Benavídez, cuyos hombres se dispersaron en todas direcciones, llevando a las filas de Aldao, que se aproximaba lentamente, la noticia de la sorpresa y derrota. La lucha había durado dos horas y la gente de Benavídez se desbandó, quedando Alvarez dueño del terreno.
            Aldao continuó avanzando, seguro en la superioridad numérica de sus fuerzas. Acha, confiado por el éxito parcial de su vanguardia, había tenido tiempo de elegir estratégicamente el mejor terreno para esperar al enemigo.

 
El terreno y posiciones

La división de vanguardia del ejército de Lamadrid, al mando del general Mariano Acha ocupaba la ciudad de San Juan el 13 de agosto de 1841. El ejército de Aldao y Benavides se acercaba, a marchas forzadas sobre la ciudad. En las cercanías de la capital sanjuanina acampaba la división federal del general Nazario Benavides. La “Legión Brizuela”, al mando del coronel Crisóstomo Alvarez, había salido en persecución del coronel José María de la Oyuela – el gobernador federal depuesto – que huía en ese rumbo. Oyuela encontró a las fuerzas de Benavides en el campo de Daniel Marco, desmontadas y carneando, cansadas y hambrientas: fue imposible hacerlas abandonar los fogones improvisados y disponerlas para el combate, ante la fuerza unitaria que se acercaba. Alvarez al encontrar las fuerzas enemigas, organizó las suyas inmediatamente y ordenó el ataque, que arrollo y deshizo a Benavídez, cuyos hombres se dispersaron en todas direcciones, llevando a las filas de Aldao, que se aproximaba lentamente, la noticia de la sorpresa y derrota. La lucha había durado dos horas y la gente de Benavídez se desbandó, quedando Alvarez dueño del terreno.
           Aldao continuó avanzando, seguro en la superioridad numérica de sus fuerzas. Acha, confiado por el éxito parcial de su vanguardia, había tenido tiempo de elegir estratégicamente el mejor terreno para esperar al enemigo.

 
La batalla

El jefe federal, como general en jefe del “ejército combinado”, había destacado a Benavídez con la vanguardia para atraer a Acha e impedir su escape. Venía a la cabeza – sumando el cuerpo de Benavídez - de 2.200 hombres. Acha, imprudentemente, sólo había sacado de la ciudad 500 hombres escasos, estando los otros esparcidos, recogiendo ganado y otras provisiones.
           A pesar de su desventaja numérica, Acha se vio beneficiado por un conflicto interno dentro del ejército federal. Benavídez le reclamaba a Aldao, como gobernador de San Juan y por encontrarse en territorio de su mando, el mando supremo con arreglo a los pactos (Pacto Federal de 1831) interprovinciales en vigencia. La solución, precaria, llego con el mando dado a Benavídez de la vanguardia, dando por resultado, el avance precipitado – sin esperar las órdenes de Aldao - de su cuerpo de 400 hombres. El gobernador sanjuanino, sin haber podido practicar reconocimientos previos del terreno, fue atacado a las 8 a.m. Mientras que el grueso del ejército federal venía aun marchando y sin perspectivas de que  desplegase en  línea de batalla. Contrariado con su camarada, Aldao no hizo nada para apoyarlo. Benavídez, a pesar de sus esfuerzos, y no pudiendo superar la acequia, se vio obligado a retroceder dos horas después de iniciado el combate. La mitad de los hombres de Benavídez había sucumbido, y la mayor parte de sus oficiales, entre ellos el coronel José Manuel Espinosa, a mediodía, habían muerto. Sus hombres, desbandados, se dispersaron en diversas direcciones.
         
Aldao, mientras Benavídez se batía con los unitarios, había estudiado la posición de Acha, y observó que las fuerzas de éste no se alejaban de su base de operaciones. El lugar del combate, conocido con el nombre de “Punta del Norte”, departamento de Angaco(¹) Norte, está situado a 7 leguas de la ciudad y toma su nombre de la entrada o punta que forman las alamedas o montes de árboles que se internan en la región inhóspita del camino. La acequia grande, tenía más de 6 varas ( un poco mas de 5 m), de borde a borde; pero, siendo el espacio ocupado por el agua sólo de 3 a 4 varas, resultaba un pozo muy profundo, y como sus bordes tenían filas tupidas de altos álamos carolinos, se convertía, por ende, en una trinchera ideal. Aldao había observado que los infantes de Benavídez, al llegar a los álamos, no tuvieron más remedio que arrojarse al suelo y hacer fuego a boca de jarro sobre el enemigo, parapetado tras del borde opuesto y protegido por los tupidos álamos. Resolvió, entonces, distribuir sus fuerzas en sentido análogo, repartiendo su caballería a los costados para tratar de flanquear a los unitarios, y haciendo avanzar su infantería por el centro; esto lo expondría a pérdidas enormes, por la ventaja que le daba a sus enemigos su mejor artillería, pero no tenía otro plan posible.
       
  Aldao llevo adelante dicha operación, destacando 600 jinetes para envolver y flanquear al enemigo. Mientras tanto Acha, buscando la mejor ubicación de sus fuerzas, ordenó repasar la gran acequia, a retaguardia de la cual organizó de nuevo su línea, dándole la forma angular que trazaba dicha acequia; la infantería presentaba su frente al norte y la caballería el suyo al N. E., favorecida por un terreno a propósito para la facilidad de los escuadrones al cargar o al replegarse. Acha usaba el techo de un pequeño rancho que existía a una corta distancia como mirador, pero hubo de abandonarla rápidamente para hacer frente a los repetidos e intensos ataques federales. La presencia de Acha – según testigos – era imponente, apoyando en los lugares de la línea donde sus soldados flaqueaban.
         Cuando los jinetes federales cargaron sobre la línea unitaria, las dos alas de ésta se precipitaron sobre los que cargaban, los rechazaron y regresaron a su posición original. A continuación Aldao, ordeno efectuar una carga de caballería por los flancos, pero su artillería mal emplazada, no podía silenciar los fuegos de los cañones unitarios, que causaban estragos en sus filas. El ataque de la caballería federal fue recibida firmemente por las lanzas unitarias, produciéndose una sangrienta lucha, que duro pocos minutos, volviendo a retirarse los jinetes de Aldao. El general federal, dandose cuenta de la confusión del campo de batalla, decide aprovecharla y ordena al coronel Díaz que avance con su batallón de sanjuaninos a paso de trote contra el centro unitario, a fin de hundirlo y arrebatarle los cañones, que se habían silenciados, para no herir indistintamente a amigos y enemigos. Acha, un oficial experto y de probada sangre fría, preparo para recibir el choque al veterano batallón “Libertad”.
         La artillería unitaria comenzó a disparar sobre los batallones federales que avanzaron valientemente a pesar de recibir metralla a quemarropa. Cuando llegaron casi sobre los cañones, comenzó un furioso y encarnizado combate cuerpo a cuerpo  a la bayoneta y sable. Acha en persona cargó al frente de sus infantes; era una lucha desigual cuatro contra uno.
         Los unitarios y su valiente jefe hubieran sucumbido de seguro, si la caballería unitaria no hubiera triunfado sobre la federal. Los escuadrones de Alvarez vuelven sobre sus líneas para apoyar su centro y sablean por la retaguardia a la infantería enemiga de Díaz.
         La infantería federal ante la carga de la caballería enemiga, debe formar en cuadro y comienza la inevitable retirada. Acha no persigue, ambos adversarios estaban extenuados, y el campo sembrado de cadáveres.
         Si hizo una pausa en la batalla, eran las 2 p.m. y se combatía desde las 8 a.m. sin descanso. El inteligente uso de las ventajas del terreno, realizado por Acha había dado sus frutos, éstas eran una acequia profunda y una tupida alameda. Resuelve entonces atrincherar su infantería de unos de sus bordes, haciéndola tenderse en tierra y apoyar los fusiles en el mismo borde de la acequia.
         Aldao estaba frustrado, no entendía como con la superioridad numérica con la cual contaba no podía quebrar la línea enemiga. Furioso, rehace precipitadamente sus dos batallones de infantería y les ordena un nuevo ataque, sin reunir a su dispersada caballería. Esta falta de apoyo sería su grave error. Concentrando sus fuerzas, y de haber organizado un ataque masivo con la caballería, infantería y artillería, Acha de seguro hubiera sido destruido.
         La caballería federal, a pesar de estar algo desmoralizada, se vuelve a organizar, carga otra vez sobre las posiciones enemigas, librándose otra vez un intenso combate. La valiente actuación del Coronel Crisóstomo Alvarez, a pesar de recibir una grave herida, decidió la lucha a favor de los unitarios. La persecución se inicio, pero los jinetes federales se cubrieron con los fusileros de la reserva, rechazando estos a la caballería de Alvarez.
         Aldao desesperado, ordena al comandante Rodríguez que cargue por la retaguardia enemiga, pero Acha, presiente el movimiento, hace girar súbitamente a sus infantes, y éstos fusilan a quemarropa a los jinetes federales, cayendo el mismo Rodríguez.
         En medio de la batalla, a cada momento parecía que Acha sucumbiría bajo los ataques de Aldao. Pero el general unitario, además de las ventajas de su soberbia posición táctica, tenía a su favor la serenidad y la sangre fría. Arengaba a sus hombres, gritándoles: “Ya los sabéis, nuestros enemigos no dan cuartel al vencido; el hombre que cae en sus manos, es en el acto degollado; muramos, pues, si fuese menester, pero muramos peleando; vamos a dar una nueva carga y que sea la última, caiga quien caiga.
         El polvo levantado por las sucesivas cargas de caballería, el denso humo levantado por las constantes descargas de mosquetería y los disparos de los cañones, hacía que solo se viese a pocos pasos de distancia. Sumaba a esto el calor sofocante del día, la gritería de los combatientes y la lucha cuerpo a cuerpo, todo esto provocaba que los oficiales no pudieran darse claramente cuenta de la situación.
         En un esfuerzo supremo, Aldao conduce personalmente a su diezmada infantería contra la de Acha; tropezando con la acequia, ordena a los soldados que hagan cuerpo a tierra, para no presentar impunemente un blanco fácil. Sus hombres se arrastran por los pastizales hasta el mismo borde de la acequia, colocando sus fusiles – al igual que sus enemigos – sobre el borde de su lado. La distancia que separaba a los combatientes era de 6 varas escasas – un poco mas de 5 m -. Se produce entonces un intenso y violento intercambio de disparos, cubriéndose los soldados como podían, sin lograr ventaja ni uno ni otro.
         La caballería unitaria hacia prodigios de valor comandados por Crisóstomo Alvarez, rechazando una y otra vez a la caballería federal. Después de rechazar la última carga, Alvarez ordena volver grupas y ataca salvajemente otra vez a la infantería federal que, imposibilitada de moverse, no puede evolucionar para esperar el ataque de caballería enemiga.
          El mayor
Barrera, jefe del Batallón Auxiliares de Mendoza, que había recibido varias heridas, hizo frente al ataque: sólo cuando no le quedaban mas que 44 hombres en las filas, rindió sus armas. Con su derrotada caballería, huía Aldao. La derrota federal era inevitable.
          La batalla se había extendido por 7 horas, combatiendo sin descanso desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Las enormes pérdidas federales, lo explica la artillería unitaria, y sus disparos de metralla a quemarropa produciendo terribles bajas en las filas federales, sobre todo en su caballería que sucesivamente cargaba en columna.

         Las pérdidas federales fueron enormes: 1.000 muertos, 157 prisioneros y una enorme cantidad de bagajes. Acha perdió entre muertos y heridos la mitad de su división, de ellos 170 muertos, siendo baja un gran número de oficiales.

 

(¹)Angaco es un vocablo de origen araucano que significa agua o corrientes que hay en la falda de un cerro.

 

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